Una de las principales novedades de la presente Liga 2005 – 2006 ha sido la introducción de la figura del árbitro colaborador en el fútbol 7 vallisoletano.
Cuando hemos acabado o estamos apunto de superar el primer tercio de la competición en algunas categorías de esta sección de nuestro fútbol, parece ser un buen momento para analizar lo que ha supuesto la incorporación del árbitro colaborador.
Es un hecho objetivo que en la presente temporada y como consecuencia de esta innovación, el número de partidos suspendidos o aplazados en fútbol 7 ha experimentado una espectacular disminución con respecto a la pasada campaña liguera, lo que está suponiendo que la competición discurra según los planes trazados inicialmente, y fundamentalmente, que los niños puedan jugar y divertirse, y sus familiares vibrar con ese juego, evitando el desencanto, frustración y enfados generalizados que la no celebración de los partidos ocasionaba para todos.
En este sentido, la colaboración de los diferentes clubes está siendo importante, contribuyendo con ello a que la fiesta que es el fútbol 7 pueda celebrarse sin mayores dificultades.
Pero si bien la introducción de la figura del árbitro colaborador está teniendo éstos y otros efectos positivos para el desarrollo del fútbol 7, también ha planteado ya no pocas dudas y ha abierto el debate en torno a las más que discutidas, en no pocas ocasiones, decisiones tomadas por ellos en el devenir de los partidos.
Hemos podido recoger numerosas críticas en torno a esta cuestión y percibir el profundo malestar que algunas actuaciones, cada vez más frecuentes, están empezando a suscitar en los distintos sectores de los clubes perjudicados por el sentido de algunas transcendentes decisiones.
Ese malestar no lo es tanto por la posible equivocación de un árbitro que, como es natural y comprensible, tiene todo el derecho del mundo a poder equivocarse al igual que nos equivocamos el resto de los humanos; sino que se fundamenta en la grave acusación de que el sentido de esas decisiones es muchas veces descaradamente partidista, sobre todo, cuando el resultado está equilibrado y los contendientes muestran en el terrero de juego un poderío similar.
Estimamos muy preocupante el hecho de que se esté cuestionando y avivando la duda en torno a la imparcialidad que todo juez debe de tener por definición; problema que se agudiza si los partidos en cuestión se celebran en cualquiera de los campos de fútbol 7 de la provincia de Valladolid, ya que, por ejemplo, en un lance decisivo del juego, se argumenta que el árbitro colaborador nunca tomará decisiones que perjudiquen al equipo local, toda vez que éste, además de ser muchas veces miembro del mismo club, es a la vez vecino de la localidad.
Y es que, si bien es cierto que la introducción de la figura del árbitro colaborador fue bien acogida en general por los clubes y también desde esta tribuna, no es menos cierto que, en su misma naturaleza, lleva ya inserto el germen de la discusión ya que es extraordinariamente difícil que nadie, en ninguna esfera de la vida, pueda erigirse en juez y en parte al mismo tiempo, y el mundo del fútbol, aunque sea de niños, no iba a ser una excepción.
En su día acogimos con agrado la instauración de la figura del árbitro colaborador por cuánto podría ser provechosa para el fútbol de los más pequeños, pero mantuvimos las debida cautela en torno a cómo se iba a desarrollar su labor, por lo que no ocultamos las reservas a las que, al respecto, nos acogimos.
Es cierto que, aún es pronto para hacer ninguna clase de balance definitivo en torno a esta cuestión, pero somos muchos los que nos planteamos qué es lo que sucederá cuando tengan que dirimirse partidos decisivos en los que esté en juego ganar un campeonato o perder la categoría, porque entonces la propia naturaleza de esta figura arbitral, desatará todo tipo de conjeturas que en nada beneficiarán la salud de nuestro fútbol.
En cualquier caso, no debemos olvidar nunca que, esto ante todo es un juego, que somos humanos y nos podemos equivocar, que todo el mundo goza del beneficio de la duda, que arbitrar es complejo y difícil y que, al final, se nos podrá perjudicar o no quién sabe obedeciendo a qué intereses, pero será la conciencia de cada uno la que ese día nos deje o no dormir en paz