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TIEMPO DE DESCUENTO
Relatos de fútbol para hacer dormir chicos
Ariel Scher
ascher@clarin.com
Antes de ser una presencia clave en el Bar de los Sábados, antes también de convertirse en un experto en fútbol y antes inclusive de aprender en ese mismo bar y en montones de sábados que los otros son una parte de uno que queda fuera de uno, el Gordo respiraba otra vida. Era un hombre que desplegaba el centro de su esfuerzo y de su acción cuando el mundo se volvía un anochecer. Conviene no confundirse: lo suyo no consistía en asociarse a las tentaciones de la madrugada. Un hombre del anochecer significaba que en el anochecer ejercía la labor que le permitía comer, ir a la cancha, tener ropa suficiente y pisar un cine de vez en vez. En el anochecer, en cada anochecer, el Gordo hacía un trabajo sin fama y sin sencillez. Trabajaba de hacer dormir niños. Así, tal cual, y no de cualquier modo: los dormía gracias al fútbol.
"A la mayoría le contaba viejos partidos en los que equipos anónimos y valientes le ganaban al campeón del mundo", repasó el Gordo en el Bar de los Sábados, durante la tarde en la que confesó ese pasado, mientras sus compañeros de mesa tragaban café y lo oían, deslumbrados, como a una radio nueva. También él tragó un café templado cuando argumentó la razón del éxito de su tarea: muchas criaturas que levantaban rebeliones contra la almohada se dejaban llevar por el encanto del fútbol y terminaban entregados a un sueño suave.
El Gordo probó que no cultivaba un repertorio menor: "Yo contaba un partido desde el principio hasta el final. Recordaba cómo se movían el viento y el césped en los córners o describía las miradas de los jugadores al sacar un lateral. Los chicos se iban durmiendo, pero me pedían que volviera al anochecer siguiente para oír un poco más. Ustedes saben: nadie quiere quedarse sin saber el final de un partido".
No era el Gordo un señor de vanidades y por eso no enfatizó que la memoria de aquel trabajo le daba cierto orgullo. Todavía se acordaba de las noches en las que narraba las audacias de un puntero derecho que se escapaba de las oscuridades de una selva de defensores o de otras noches destinadas a susurrar el viaje incesante de unas mariposas anaranjadas que seguían a la pelota en todos los saques de arco. Pero tal vez su mayor honor continuara siendo la historia con la que hizo descansar a un varón de cinco años. Trataba de las aventuras de un delantero que había escondido un tesoro dentro de una pelota, lo había perdido y se había vuelto arquero, un gran arquero, para atrapar todas las pelotas posibles y ver en cuál estaba el tesoro perdido.
A la hora de cerrar sus confidencias, el Gordo ofreció una más. Compartió que hacía poco había encontrado, ya crecido, a uno de aquellos chicos a los que dormía con fútbol. "Me dijo que ahora él hacía lo mismo con sus hijos. Y hasta me contó una historia", reveló. Alguien en el Bar de los Sábados le preguntó qué le había parecido esa historia. Con la boca poblada de café y de alegría, el Gordo contestó convencido: "Maravillosa. La escuché fascinado hasta que me quedé dormido".
Igual que un chico.