El deporte camina a la par con la problemática social, económica y política. No es ya un mero juego sin conexiones con el resto del quehacer humano. Sin entenderlo en su real dimensión se seguirá corriendo el riesgo de simplificarlo y eso es, está muy claro, el primer paso para caer en la mediocridad.
"El fútbol es sagrado", me dijo. Y desde aquella revelación de Jo Boszic hasta nuestros días, nunca me he sentido solo. Cuando algún irresponsable me invita a una tertulia literaria un sábado por la tarde, o insiste en convidarme a comer una noche en que se televisa un partido de fútbol en directo, las sabias palabras del talentoso medio-campista húngaro vuelven a mis labios para abofetear al atrevido. Y éste ya no reitera su afrentosa oferta. Sabe que no hay razones, ni argumentos, ni sobornos, que tuerzan el soberano designio de lo sagrado".
Así vio y ve la vida Roberto Fontanarrosa, el notable escritor argentino. Y el planteamiento, entre otras cosas, sirve para asomarse a un tema que subyace en la sociedad periodística moderna sin ser tratado hasta ahora con la necesaria seriedad.
De uno u otro modo, el deporte no aguanta tibiezas: o se le sobredimensiona o se lo coloca lejos, muy lejos, de cualquier estudio de importancia. De esta forma, muestras de proverbial veneración, como la indicada más arriba, se aprueban y aceptan sin mayor crítica o se asocian, de inmediato, a una anormal vocación por lo profano.
Extrapolando esto, es fácil entender la constante lucha a la que está sometido aquel periodista que decide volcar el ejercicio de su profesión al campo deportivo: por un lado, lo acosa el fanatismo irracional; por el otro, la pobre valoración en términos "culturales".
El caso es que, revisando, resulta obvio que el deporte, aunque suponga a estas alturas una tan peculiar y absorbente conducta humana, no es tarea de estudio que prometa prestigio. Hasta no hace mucho se pensaba, en ciertos sectores, que el deporte era sólo una manifestación de la parte menos noble del hombre: su cuerpo. Por ende, no merecía la atención, ocupada en otros menesteres más "elevados". De hecho, la mayoría de los intelectuales estuvieron, y siguen estando, alejados del análisis global del fenómeno deportivo, al cual no dirigen más que una mirada indulgente y hasta molesta por considerarlo manifestación pueril y desprovista de todo significado.
La inquina de los intelectuales hacia el deporte tiene, incluso, motivaciones modernas de otro signo: según el español José María Casorza hay quienes han definido el deporte, con notoria indignación, como un colector que lleva a tierra de nadie la agresividad de la población; que convierte en aguas residuales lo que debiera ser torrente incontenible en el campo político. Según esta interpretación, "el deporte ha ocupado el mismo espacio que antaño fuera patrimonio de la religión": es el "más brutal" opio de los pueblos.
Pero el problema no se queda ahí. El distanciamiento no sólo marca al mundo intelectual respecto del deportivo: es recíproco, mutuo. El deportista, y más aún el dirigente deportivo, por lo general, siente desconfianza o ignora a los pocos estudiosos del fenómeno social, político y económico que hoy representa el deporte. Esto porque ven con ojos muy favorables que el grado de conocimiento de las distintas facetas de la actividad sea lo más reducido posible: así, siempre será más fácil someterlo a sus intereses.
Deporte y Medios de Comunicación
El problema antes enunciado no tendría mayor importancia a no ser porque el deporte, que en la historia de los pueblos tuvo mayor o menor significado, en la sociedad moderna ha crecido tanto y se ha implicado con tantos otros aspectos de la vida social, que ya no admite miradas de soslayo. Es uno de esos fenómenos que rodean al hombre actual, jalonando la cotidaneidad con sus propias normas, lenguaje y espíritu.
De hecho, ya no es posible omitirlo en los medios de comunicación. Al menos de aquellos que algo, se supone, tienen que ver con el entorno y los intereses de la gente. Basta analizar la prensa, radio y televisión de cualquier país: al deporte se consagra en revistas y diarios una sección permanente, que suele ser, al menos en espacio, una de las más importantes; a la vez, en la radio y en la televisión los programas deportivos ocupan muchas horas de programación y son objeto de interés preferente. A modo de ejemplo, actualmente, en siete emisoras AM del país (Nacional, Chilena, Santiago, Portales, Corporación, Agricultura y Monumental), hay programas deportivos con tres salidas diarias al aire -mañana, tarde y noche- lo que no se repite en ningún otro campo informativo.
A la vez, al deporte se le debe aquel socorrido -y errático- término televisivo que alude a las transmisiones "en vivo y en directo" y más de algún avance, esto último en forma tangencial, de las comunicaciones. Chile es un caso claro al respecto: con el Mundial de Fútbol de 1962 se introdujo la televisión en forma masiva en nuestro país y con el Mundial de 1978, jugado en Argentina, se iniciaron las transmisiones de la televisión en colores.
Lo social y lo económico
La sociología, por su parte, algo se ha acercado al tema. Desde sus fronteras ha surgido al menos un par de teorías bastante certeras y específicas que cualquier periodista deportivo debiera manejar.
Para Roger Caillois (Les jeux et les hommes), "el gran espectáculo deportivo es, entre otras cosas, un inigualable instrumento de cohesión. Es un hecho comprobado que gracias a él se produce una identificación del individuo con determinadas representaciones colectivas, constituyéndose así en un marco secundario de dilucidación -no definitiva, sino más bien figurada- de disputas de todo género: institucionales, regionales, sociales, políticas y hasta económicas. Como resultado de ello, el deporte se transforma en un foro secundario donde se dirimen, superficialmente, elecciones personales. Sólo eso lo hace, desde ya, muy importante y digno de análisis para cualquier profesional de las comunicaciones".
A la vez, según Georges Magnane (Sociología del Deporte), "la seducción de las ´estrellas´ en las masas, a estas alturas, ya no puede dejarse de lado. Todos sabemos que, por la necesidad de crear -y creer- un héroe que triunfe sobre las dificultades, la gente adopta ídolos con gran facilidad. Y éstos, en la mayoría de los casos, son artistas o deportistas. Gente que pasa a ser guía y espejo, que adquiere cada vez una mayor cuota de influencia social y, por ende, que debe ser tratada con gran cuidado y responsabilidad por parte de la prensa, la que no puede ser sólo un transmisor de sus pensamientos y actitudes". Baste con recordar, solamente, los últimos casos de "ídolos con pies de barro": Roberto Rojas y Diego Armando Maradona. El primero, gran actor; el segundo, drogadicto.
Eso en lo social, porque existe otra razón, también muy poderosa, que debiera obligar a una preocupación constante a todo periodista deportivo: los miles de millones de dólares que circulan, día a día, por los diversos estamentos que dan vida a la actividad y que, de paso, establecen obligaciones éticas insoslayables.
El poder del dinero
La trayectoria monetaria del deporte ha sido, siempre, ascendente. Si en sus primeras manifestaciones no necesitaba para su desarrollo fuertes desembolsos, hoy en día constituye una actividad económica de gran relieve: el dinero se ha transformado, en las últimas décadas, en un manto que le envuelve y que ha llegado a condicionarle. Sería ingenuo pensar que el impulso cobrado por el deporte es consecuencia de la inercia o de los valores intrínsecos del mismo. Hay dosis fuertes de ello, indiscutiblemente, pero también es claro que, al descubrir una organización económica como la capitalista un objeto tan lleno de posibilidades, la suerte del deporte contemporáneo pasó a estar tremendamente -y para algunos fatalmente- vinculada a sus designios.
Incluso en materia gubernamental. Según Casorza, "la sociedad en que vivimos aleja y priva al ciudadano moderno) de muchas cosas, pero principalmente de una de las partes más impártales de su existencia: el contacto con la naturaleza, el desarrollo de su vertiente física. Así, el hombre exige al Estado que le dé mejores posibilidades de realizar deporte, con el deseo de recuperar parte de lo que le es negado por el modus vivendi". Algo que se reafirma fácilmente en la progresiva importancia que el deporte ha ido adquiriendo en los presupuestos generales de cualquier Estado moderno y en el surgimiento de los juegos de azar basados en esta actividad y convertidos, de paso, en una de sus principales formas de financiamiento (en Chile: Polla-Gol y Loto).
Pero el deporte, además de esto, es, en algunas de sus manifestaciones, un gran espectáculo. Tal condición, que apareció desde sus primeros pasos y que adquirió en este siglo especial trascendencia a partir de la década de los cincuenta, ha multiplicado la vertiente económica del hecho deportivo hasta límites insospechados. Sobre todo cuando se celebran grandes acontecimientos (Mundiales, Juegos Olímpicos) que precisan una inversión suculenta para su perfecto desarrollo. El montaje de estas grandes competencias sobrepasa con mucho el ámbito estrictamente deportivo. Y no me refiero a las circunstancias políticas o sociales, que ya le otorgan un significado por encima del deporte, sino al campo económico, donde la organización llega a considerarse cuestión de Estado, por el volumen e importancia de su financiamiento, que no puede ser llevado a buen puerto si no es con la ayuda de los poderes públicos unidos a la empresa privada.
Razones, entonces, hay muchas. La importancia del deporte, su trascendencia social, política y económica, es una realidad incontrarrestable en la sociedad contemporánea. Para bien o para mal. Y hacerla a un lado, obviarla, no puede conducir a nada bueno.
Los periodistas actuales
El poder corrompe, dicen, y como actualmente el deporte es poder, ya no es tan simple trabajar en su entorno. Otro punto clave, entonces, es cómo manejarse, periodísticamente, en los marcos de esta actividad.
Gran parte de la subvaloración a la que es sometido el periodista deportivo, hasta por sus propios pares, no está dada sólo por la materia que le toca cubrir. En gran medida ha sido causada por el bajo nivel de preparación de los integrantes del gremio. No es novedad que el ejercicio de la profesión se ha asumido con graves muestras de irresponsabilidad y con enormes vacíos en la formación.
Revisemos, al menos, tres casos típicos donde esto queda demostrado:
- Como su temática es de fácil comprensión; como es entretenida; como llega a mucha gente y permite, con creces, licencias en el estilo, al periodista deportivo le cuesta, y mucho, autoimponerse frenos. Se tiende al comentario constante, irresponsable y poco profundo, a bombardear con opiniones más que con noticias. Y eso, a la larga, termina cansando a la gente, sobre todo cuando el que comenta no está preparado para hacerlo y comete errores en su campo y hasta en campos ajenos, que muchas veces se vulneran sin mayor drama por una suerte de licencia propia del gremio.
- A la vez, como el deporte en una primera mirada no es un tema decisivamente complejo, la necesaria especialización, para muchos, pierde importancia en forma progresiva. Si se puede "sobrevivir" en el medio con conocimientos básicos, no vale la pena una mayor instrucción, piensan algunos. Y con el tiempo, estos malos periodistas son superados en su conocimiento por las fuentes (cada vez más instruidas) y, en ocasiones, hasta por el lector, auditor o televidente. Algo bastante serio, tomando en cuenta que difícilmente pueda existir, como en el deporte, un campo de conocimiento donde el periodista se enfrente a un público más "culto" en la materia. Por ende, cualquier error se hace demasiado notorio.
- Por si esto fuera poco, la necesidad de obtener "noticias frescas", de mantener el interés en forma diaria dado el enorme caudal informativo destinado al deporte, generalmente propicia faltas graves. Como la materia, en rigor, no da para el bombardeo informativo que actualmente existe, muchos periodistas, sin el menor interés por filtrar la información, caen, lisa y llanamente, en la invención. Buscan impactar con lo que tengan a mano (declaraciones rimbombantes; contrataciones que pueden ser y luego no son; rumores; intereses creados) sin reparar en la calidad informativa o en el real aporte de la entrega. Situación que ocurre con mucha mayor fuerza que en otros sectores informativos donde un error en los datos o lisa y llanamente una declaración o un hecho inventado tienen una repercusión mucho mayor y la posibilidad, bastante más clara, de una respuesta legal por parte de los afectados. Aquí no: difícilmente, el periodista deportivo irresponsablemente que algo, tendrá su "castigo".
Por último, y quizás si esto sea lo más influyente en torno a la subvaloración del gremio, está la característica de sus integrantes.
Como en ningún otro campo, lamentablemente, quien se dedica al periodismo deportivo tiene licencias y facilidades para ejercer la profesión sin ser profesional, sin haber pasado, jamás, por una Universidad. Y si bien aquello no es exigible para los antiguos periodistas, que comenzaron a ejercer antes de que se crearan las primeras escuelas, debiera ser requisito ineludible para los jóvenes.
Pero no lo es. Con la venia de muchos jefes de medios escritos, radiales y, en menor grado, televisivos, detrás de una grabadora o una libreta de apuntes, hoy por hoy, puede trabajar cualquiera.
Incluso es muy normal que antiguos deportistas, que eran muy buenos en la cancha pero que no lo son tanto frente a un micrófono, una cámara, o detrás de un computador (salvo honrosas excepciones, como las hay siempre en la vida) partan haciendo comentarios y se pasen, de a poco, a ejercer ilegalmente el periodismo sin poseer el nivel necesario para hacerlo.
Todo está ayudado, lo que es aún más grave, por la escasa preocupación de los organismos que debieran influir en el recto ejercicio profesional: el Colegio de Periodistas, el Círculo de Periodistas Deportivos y las propias Escuelas de Periodismo que, históricamente, han desarrollado cierta inquina por impartir cursos relativos al tema, colocando al deporte en un segundo plano bastante irreal.
Algunas vías de solución
Asumiendo todo lo anterior, la urgencia de tomar algunos resguardos se hace evidente. Más allá de imponer claras regulaciones al ejercicio de la profesión, para que sólo trabajen los que deben y para que los que trabajen posean un grado lógico de instrucción, se necesitan percepciones distintas frente al tema. Formas de entender la actividad que no lleven, como han llevado, a niveles tan bajos de desarrollo. Porque tampoco es cosa de cambiar a la gente en un par de meses y empezar todo de nuevo.
Vayan, entonces, unas cuantas propuestas para mejorar el actual ejercicio del periodismo deportivo:
- Hay que darle al tema su verdadera dimensión. Establecer parámetros más normales. Resulta ridículo que, diariamente se deban llenar, con el deporte, enormes espacios informativos. Espacios que no se compadecen con la realidad ni con las "necesidades" del público. Elevar determinadas situaciones deportivas (fulano lesionado, sutano peleando con perengano por manejos directivos) a un nivel de extrema importancia resulta tan ficticio como nefasto para uno de los requisitos básicos del buen periodismo: la selección informativa. Sin ésta, es obvio, el nivel baja y el tema se "manosea", perdiendo trascendencia. El deporte es importante, ya está suficientemente aclarado, pero, como todo, tiene sus límites. Además, es obvio, su importancia no está dada, de modo alguno, por las manifestaciones más pueriles de la actividad.
- Vital, a la vez, resulta el propiciar un mayor trabajo de investigación y una solidez ética que impida convertir los rumores en situaciones consumadas. Si bien esto cabe para cualquier campo del periodismo, en el deportivo es un tema especialmente sensible ya que en sus márgenes subsiste la creencia de que, mientras más espectacular sea la noticia, aún sin importar su veracidad, más se venderá. Y obviamente la regla es otra: mientras mayor sea la credibilidad, mejor será la recepción del público e, incluso, de los avisadores.
- Habría que evitar, por otra parte, el "provincialismo". Geográfico y cultural. Perfeccionarse en el contacto con el exterior y en el conocimiento de las variadas materias que inciden, hoy por hoy, en el deporte. Buscar y asumir las directrices que dan vida a esta actividad en otras partes, normalmente más avanzadas en un tema que camina día a día a un ritmo cada vez mayor. Donde, por ejemplo, la ciencia, la medicina o la computación ya no son áreas ajenas sino propias. El perfeccionamiento, en estos márgenes, es vital. Un periodista deportivo que logre manejarse con acierto en todas esas áreas no debería, por formación, caer en juicios vanos.
- A la vez, es absolutamente necesario comenzar a entender al deporte en su relación trascendente con otras disciplinas. El deporte, ya lo hemos dicho, camina a la par con la problemática social, económica y política. No es ya un mero juego sin conexiones con el resto del quehacer humano. Sin entenderlo en su real dimensión se seguirá corriendo el riesgo de simplificarlo y eso es, está muy claro, el primer paso para caer en la mediocridad.
Felipe Bianchi dirige el área deportiva de Chilevisión, conduce el programa Show de Goles y encabeza las transmisiones internacionales y el bloque deportivo de Chilevisión Noticias.